Entretanto, un pequeño gentío se había reunido ante las verjas de Buckingham Palace. Desganados, pero seguros, todos ellos pobres, aguardaban; miraban el palacio con la bandera al viento; a Victoria, ondeando sobre su montículo, admiraban sus estantes de aguas corrientes, sus geranios; distinguían, entre los coches del Mall, primero uno, luego otro; se emocionaban, en vano, con los plebeyos que paseaban en coche; retenían su tributo para no gastarlo mientras pasaba tal o cual; y todo el tiempo dejaban que el rumor se les acumulara en las venas y estremeciera los nervios en los muslos al pensar en la realeza mirándolos; la Reina inclinándose; el Príncipe saludando; en la vida celestial otorgada divinamente a los reyes; en los ayuda de cámara y las profundas reverencias; en la casita de muñecas de la Reina; en la princesa Mary casada con un inglés, y el Príncipe—¡ah, el Príncipe!—que, decían, había salido maravillosamente al viejo rey Eduardo, pero era muchísimo más esbelto. El Príncipe vivía en St. James’s; pero bien podía venir por la mañana a visitar a su madre.
La señora Dalloway
CONTEXTO HISTÓRICO
Construido como Buckingham House en 1703, originalmente era una casa privada propiedad del duque de Buckingham. En 1761, fue adquirida por el rey Jorge III para uso de la familia real, aunque la residencia oficial siguió siendo St James’ Palace. En 1820, el prestigioso arquitecto John Nash llevó a cabo una profunda transformación para convertir Buckingham House en un palacio digno de la realeza. A lo largo del siglo XIX, ya bajo el reinado de la reina Victoria, se convirtió en la residencia oficial de los monarcas británicos. En 1913, Sir Aston Webb diseñó la fachada principal actual, incluido el icónico balcón desde donde saluda la familia real, que es la más reconocible hoy en día.
