Era mentira. No tenía compromiso. A los criados siempre se les miente, pensó, mirando por la ventana. Los contornos mezquinos de las casas de Ebury Street se dibujaban a través del aguanieve. Todo el mundo miente, pensó. Su padre había mentido—tras su muerte encontraron en el cajón de su mesa cartas de una mujer llamada Mira atadas con cinta. Y él había visto a Mira—una señora rolliza y respetable que necesitaba ayuda con el tejado. ¿Por qué había mentido su padre? ¿Qué daño había en mantener una amante? Y él también había mentido; sobre el cuarto junto a Fulham Road donde él y Dodge y Erridge fumaban puros baratos y contaban historias verdes. Era un sistema abominable, pensó; la vida de familia; Abercorn Terrace. Con razón la casa no se alquilaba. Tenía un cuarto de baño, y un sótano; y allí habían vivido todos aquellos distintos, encerrados juntos, mintiendo.
Los años, 1913
