Llegó al viejo portal de estilo Queen Anne, con sus cejas talladas y pesadas, y apretó el timbre de arriba, en una hilera de seis o siete timbres. Sobre ellos estaban escritos nombres, a veces solo en tarjetas de visita. Nadie acudió. Empujó la puerta y entró; subió la escalera de madera con balaustres labrados, que parecían haber caído de su antigua dignidad. En los profundos alféizares había jarras de leche con las facturas debajo. Algunos cristales estaban rotos. Frente a la puerta de Delia, en lo alto, había también una jarra de leche, pero estaba vacía. Su tarjeta estaba prendida con una chincheta a un panel. Llamó y esperó. No hubo sonido. Probó el picaporte. La puerta estaba cerrada. Permaneció un momento escuchando. Una ventanita al lado daba a la plaza. Las palomas arrullaban en las copas de los árboles. El tráfico zumbaba a lo lejos; apenas oía a los repartidores de periódicos gritar muerte… muerte… muerte. Caían las hojas. Se volvió y bajó la escalera.
Paseó por las calles. Los niños habían trazado con tiza cuadrados en la acera; las mujeres se asomaban desde las ventanas altas, rastreando la calle con una mirada rapaz e insatisfecha. Se alquilaban cuartos para caballeros solos. En los cristales había carteles que decían «Habitación amueblada» o «Cama y desayuno». Imaginó la vida que transcurría tras esas cortinas amarillas y tupidas. «este es el arrabal donde vive mi hermana», pensó, volviéndose; «a menudo tendrá que volver sola por aquí de noche». Luego regresó a la plaza, subió las escaleras y volvió a sacudir la puerta. Pero no hubo sonido dentro. Se quedó un momento mirando caer las hojas; oyó a los repartidores gritar y a las palomas arrullar en lo alto de los árboles.
Los años, 1891
