El humo que corría por Peter Street se había condensado, entre lo estrecho de las casas, en un fino velo gris. Pero las casas a ambos lados eran claramente visibles. Salvo dos en mitad de la calle, eran todas exactamente iguales—cajas amarillo-gris con tiendas de pizarra por techo. No pasaba absolutamente nada; unos pocos niños jugaban en la calle, dos gatos volteaban algo en el arroyo con las patas. Y, sin embargo, una mujer asomada a la ventana rastreaba de un lado a otro, arriba y abajo la calle como si escudriñara cada resquicio para encontrar algo de qué alimentarse. Sus ojos, rapaces, ávidos, como los de un ave de presa, eran también huraños y soñolientos, como si nada les saciara el hambre. Nada ocurría—nada en absoluto. Y aún así miraba arriba y abajo con su mirada perezosa e insatisfecha.
Los años, 1891
