La calle deslucida, al sur del río, era muy ruidosa. De cuando en cuando una voz se desprendía del clamor general. Una mujer gritó a su vecina; un niño lloró. Un hombre que empujaba una carretilla abrió la boca y bramó hacia las ventanas al pasar. Llevaba somieres, rejillas, atizadores y piezas sueltas de hierro retorcido. Pero si vendía hierro viejo o compraba hierro viejo era imposible decirlo; el ritmo persistía; las palabras estaban casi borradas.
El enjambre del sonido, la embestida del tráfico, los pregones de los buhoneros, los gritos sueltos y los gritos generales, entraban en el cuarto alto de la casa de Hyams Place donde Sara Pargiter estaba al piano. Cantaba. Luego se detuvo; miró a su hermana poner la mesa.
Los años, 1910
