El reloj dorado de Verrey’s daba las cinco.
Florinda lo miró con expresión obtusa, como un animal. Miró el reloj; miró la puerta; miró el largo espejo de enfrente; arregló su capa; se arrimó más a la mesa, porque estaba embarazada—no cabía duda, decía Mother Stuart, recomendándole remedios y consultando con sus amigas; se hundió, atrapada por el talón, al tropezar tan levemente sobre la superficie.
El camarero le dejó el vaso de un dulce rosado; y ella sorbió por una pajita, con los ojos en el espejo, en la puerta, ya calmada por el dulzor. Cuando entró Nick Bramham era evidente, incluso para el joven camarero suizo, que había un trato entre ellos. Nick se atusó la ropa torpemente; se pasó los dedos por el pelo; se sentó, nervioso, para una prueba. Ella lo miró; y echó a reír; rió—rió—rió. El joven camarero suizo, de pie con las piernas cruzadas junto a la columna, rió también.
Se abrió la puerta; entró el bramido de Regent Street, el bramido del tráfico, impersonal, despiadado; y un sol tamizado de suciedad. El camarero suizo tuvo que atender a los recién llegados. Bramham alzó su vaso.
El cuarto de Jacob, capítulo 13
