Entonces Florinda lloró, y pasó el día vagando por las calles; se quedó en Chelsea mirando cómo corría el río; recorrió las calles comerciales; abrió el bolso y se empolvó las mejillas en los ómnibus; leyó cartas de amor, apoyándolas contra la lechera en el salón A.B.C.; descubrió cristales en el azucarero; acusó a la camarera de querer envenenarla; declaró que los jóvenes la miraban fijamente; y se encontró hacia la tarde dejándose caer, despacio, por la calle de Jacob, cuando se le ocurrió que le gustaba más aquel tal Jacob que los judíos sucios y, sentándose a su mesa (él estaba copiando su ensayo sobre la Ética de la Indecencia), se quitó los guantes y le contó cómo Mother Stuart le había atizado en la cabeza con la funda de la tetera.
El cuarto de Jacob, capítulo 6
