Oh sí, la vida humana es muy tolerable en la imperial de un ómnibus en Holborn, cuando el guardia levanta el brazo y el sol te bate en la espalda, y si hay algo así como una concha secretada por el hombre para el hombre mismo, aquí la hallamos, en las orillas del Támesis, donde confluyen las grandes calles y St. Paul’s Cathedral, como el voluto en lo alto de la concha del caracol, la remata. Jacob, bajando del ómnibus, se entretuvo subiendo los escalones, consultó el reloj y finalmente decidió entrar… ¿Requiere esfuerzo? Sí. Estos cambios de humor nos desgastan.
Es sombrío, poblado de fantasmas de mármol blanco, a los que el órgano canta eternamente. Si una bota cruje, es terrible; luego el orden; la disciplina. El sacristán con su vara tiene la vida planchada bajo sus pies. Dulces y santos son los coristas angélicos. Y eternamente, por los hombros de mármol, en los dedos entrelazados, van los sonidos agudos y finos de voces y órgano. Por siempre réquiem—reposo. Cansada de fregar los escalones de la oficina de la Prudential Society, oficio que hacía año tras año, la señora Lidgett tomó asiento bajo la tumba del gran Duque, cruzó las manos y entornó los ojos. Magnífico lugar para que descanse una anciana, junto a los huesos del gran Duque, cuyas victorias nada significan para ella, cuyo nombre no conoce, aunque jamás deja de saludar a los angelitos de enfrente, al salir, deseando algo así para su propia tumba, pues la cortina de cuero del corazón ha batido de par en par, y se escapan de puntillas pensamientos de reposo, dulces melodías… El viejo Spicer, comerciante de yute, no pensaba nada de eso. Curiosamente no había entrado en St. Paul’s en cincuenta años, aunque las ventanas de su oficina daban al cementerio. «¿Eso es todo? Bien, un lugar lúgubre… ¿Dónde está la tumba de Nelson? No hay tiempo ahora—volver—una moneda para la caja… ¿Lloverá o hará bueno? ¡Si al menos se decidiera!» Los niños vagan distraídos—el sacristán los disuade—y otro y otro… hombre, mujer, hombre, mujer, muchacho… alzando los ojos, frunciendo los labios, la misma sombra barriendo los mismos rostros; la cortina de cuero del corazón bate de par en par.
El cuarto de Jacob, capítulo 5
