Los pies de aquella gente afanados en sus quehaceres, las manos trabajando la piedra, las mentes eternamente ocupadas no en charlas triviales (comparar a las mujeres con álamos, lo cual era bastante excitante, por supuesto, pero muy tonto), sino en pensamientos sobre barcos, negocios, leyes, administración, y con todo ello tan majestuoso (estaba en el Temple), alegre (allí estaba el río), piadoso (allí estaba la Iglesia), la convencieron de que, dijera lo que dijera su madre, debía convertirse en agricultora o médica. Pero, claro, era bastante perezosa.
La señora Dalloway
