Las lámparas de Londres sostienen la oscuridad como en las puntas de bayonetas en llamas. El dosel amarillo baja y sube sobre el gran dosel con cuatro columnas. Los pasajeros de las diligencias que entraban en Londres en el siglo XVIII miraban a través de ramas desnudas y lo veían arder debajo. La luz arde tras visillos amarillos y visillos rosas, y sobre los ventanillos semicirculares, y abajo, en las ventanas del sótano. El mercadillo de Soho es una llamarada de luz. Carne fresca, jarros de loza y medias de seda arden en ella. Voces crudas se envuelven en los chorros de gas que chisporrotean. En jarras, de codos, permanecen en la acera voceando—los señores Kettle y Wilkinson; sus mujeres, sentadas en la tienda, con pieles al cuello, brazos cruzados, ojos desdeñosos. Qué rostros ve uno. El hombrecillo que palpa la carne debe de haber seccionado el fuego en innumerables casas de huéspedes, y oído y visto y sabido tanto que parece hablarse a sí mismo incluso locuazmente desde los ojos oscuros, los labios flojos, mientras palpa la carne en silencio, con la cara triste como la de un poeta, y sin que jamás se cante una canción.
El cuarto de Jacob, capítulo 8
