Al fin y al cabo tenía adónde ir. Mientras cotilleaban, había mantenido ese pensamiento al fondo de la mente. Cuando se volvió y vio que se habían marchado, ese fue el bálsamo que aplicó a su herida. Iría a ver a Mira; Mira, al menos, se alegraría de verlo. Así, al salir del club, no tomó hacia el este, adonde iban los hombres ocupados; ni hacia el oeste, donde estaba su propia casa en Abercorn Terrace; sino que se internó por los senderos duros del Green Park en dirección a Westminster. La hierba estaba muy verde; las hojas empezaban a brotar; pequeñas garras verdes, como garras de pájaro, salían empujando de las ramas; había un centelleo, una animación por todas partes; el aire olía limpio y vivo. Pero el coronel Pargiter no veía ni la hierba ni los árboles. Marchaba por el parque, con el abrigo abotonado hasta arriba, mirando al frente. Pero cuando llegó a Westminster se detuvo. Esta parte del asunto no le gustaba nada. Cada vez que se acercaba a la callecita que yacía bajo el enorme bulto de la Abadía, la calle de casitas mugrientas, con cortinas amarillas y carteles en las ventanas, la calle donde el vendedor de muffins parecía estar siempre tocando su campanilla, donde los niños chillaban y saltaban dentro y fuera de las marcas de tiza blanca en la acera, él se paraba, miraba a derecha, miraba a izquierda; y entonces caminaba muy deprisa hasta el número treinta y llamaba al timbre. Se quedó mirando fijamente la puerta mientras esperaba, con la cabeza algo hundida. No deseaba que lo vieran en ese umbral. No le gustaba esperar a que le abrieran. No le gustaba cuando la señora Sims le abría. Siempre había un olor en la casa; siempre había ropa sucia colgada en una cuerda en el patio trasero. Subió las escaleras, hosco y pesado, y entró en la sala.
Los años, 1880
