—Vuelve pronto y hablaremos a solas—, dijo.
«Eso es lo que dice siempre la gente», se dijo mientras bajaba despacio tras Lady Warburton. «Vuelva otra vez; pero no sé si volveré…». Lady Warburton bajaba las escaleras como un cangrejo, agarrándose con una mano a la barandilla y con la otra al brazo de Lasswade. Él se quedó rezagado. Miró otra vez el Canaletto. «Buen cuadro; pero una copia», se dijo. Se asomó a la barandilla y vio las losas en damero del vestíbulo de abajo.
«Funcionó», se dijo, descendiendo peldaño a peldaño hacia el vestíbulo. «A ratos; a trompicones. ¿Pero ha merecido la pena?», se preguntó dejando que el ayuda de cámara le metiera en el abrigo. Las puertas dobles quedaban de par en par a la calle. Pasaban uno o dos transeúntes; miraban dentro con curiosidad, a los lacayos, al gran vestíbulo luminoso; y a la anciana que se detuvo un momento sobre los cuadros blancos y negros. Se estaba abrigando. Ahora aceptaba su capa con una hendidura violeta; ahora sus pieles. Un bolso le colgaba de la muñeca. Iba cargada de cadenas; los dedos le abultaban con sortijas. Su agudo rostro color piedra, asaltado de líneas y arrugado en pliegues, asomaba desde su nido blando de pieles y encajes. Los ojos seguían vivos.
«El siglo XIX acostándose», se dijo Martin al verla bajar renqueante los escalones del brazo del lacayo. La ayudaron a subir al coche. Luego él estrechó la mano a su buen anfitrión, que había bebido más vino del conveniente, y se alejó a pie por Grosvenor Square.
Los años, 1914
