En este punto el coche se detuvo, pues corría peligro de quedar aplastado como una cáscara de huevo. El amplio Embankment, que antaño había dado cabida a balas de cañón y escuadrones, se había encogido ahora hasta una callejuela adoquinada, humeante a olores de malta y aceite y obstruida por carromatos. Mientras su marido leía los carteles pegados en el ladrillo anunciando las horas a las que ciertos barcos zarparían hacia Escocia, la señora Ambrose hizo cuanto pudo por informarse. De un mundo dedicado en exclusiva a cebar con sacos a los carromatos, medio borrado además por una fina niebla amarilla, no obtuvieron ni ayuda ni atención. Pareció un milagro cuando un anciano se acercó, adivinó su situación y propuso llevarlos remando hasta su barco en la pequeña embarcación que tenía amarrada al pie de una escalinata. Con alguna vacilación se fiaron de él, tomaron asiento, y pronto subían y bajaban sobre el agua, Londres ya reducido a dos hileras de edificios a ambos lados, edificios cuadrados y rectangulares dispuestos en filas como una avenida de ladrillos del juego de un niño.
El río, que tenía cierta luz amarilla turbulenta, corría con gran fuerza; voluminosas barcazas bajaban veloces escoltadas por remolcadores; las lanchas de policía adelantaban a todo; el viento iba con la corriente. El bote de remos en que iban cabeceaba y hacía reverencias cruzando la línea del tráfico. En mitad de la corriente el viejo detuvo las palas y, mientras el agua corría a nuestro lado, comentó que antes había pasado a muchos pasajeros de orilla a orilla, donde ahora apenas llevaba a nadie.
El viaje de ida, capítulo 1
