Había muchas cosas que quería preguntar; pero el motor era tan poderoso; el coche se deslizaba dentro y fuera del tráfico con tal suavidad; antes de que tuviera tiempo de decir ninguna de las cosas que quería decir Eleanor había tendido la mano, porque ya habían llegado a la estación de metro.
—¿Podría parar aquí?—dijo, incorporándose.
—¿Pero de veras tienes que bajar?—empezó Kitty. Quería hablar con ella.
—Debo, debo—dijo Eleanor—. Papá me espera. Se sintió otra vez una niña junto a aquella gran dama y el chófer, que sostenía la portezuela.
—Ven a verme, por favor; encontremos un momento para vernos pronto, Nell—dijo Kitty, tomándole la mano.
Los años, 1910
