—La Naturaleza tiene poco barro—, dijo una vez el señor Bankes, muy conmovido por su voz al teléfono, aunque solo le decía un dato sobre un tren, —del mismo con que os moldeó a vos—. La veía al otro lado de la línea, griega, de ojos azules, nariz recta. Qué incongruente parecía hablar por teléfono con una mujer así. Las Gracias reunidas parecían haberse dado la mano en praderas de asfódelos para componer aquel rostro. Sí, cogería el de las 10:30 en Euston.
Al faro, Parte I, capítulo 5
