En efecto, el pobre perro viejo tenía un aspecto miserable. Pero Crosby sacudió la cabeza. Había movido el rabo; tenía los ojos abiertos. Estaba vivo. Había en su cara un destello de lo que ella desde hacía mucho consideraba una sonrisa. Dependía de ella, lo sentía. No iba a entregarlo a extraños. Se sentó a su lado tres días y tres noches; le dio de comer con cucharilla esencia de Brand; pero al fin se negó a abrir los labios; su cuerpo se volvió cada vez más rígido; una mosca le cruzó el hocico sin que este se contrajera. Era de madrugada, con los gorriones piando en los árboles de fuera.
Los años, 1913
