Voy a hacer algo. Tengo una idea espléndida. Mira, tienes que unirte. Estoy segura de que llevas dentro cantidad de material, aunque pareces—bueno, como si hubieras vivido toda tu vida en un jardín. —Se incorporó y comenzó a explicar con animación—. Pertenezco a un club en Londres. Se reúne todos los sábados, por eso se llama el «Saturday Club». Se supone que hablamos de arte, pero estoy harta de hablar de arte; ¿de qué sirve? Con todo lo real que sucede a nuestro alrededor. Ni es que tengan nada que decir sobre el arte, además. Así que lo que voy a decirles es que ya hemos hablado bastante de arte, y que más vale hablar de la vida por una vez. Cuestiones que de verdad importan en la vida de la gente: la trata de blancas, el sufragio femenino, la ley de seguros, y así sucesivamente. Y cuando decidamos lo que queremos hacer, podríamos constituirnos en sociedad para hacerlo… Estoy convencida de que si personas como nosotras nos hiciéramos cargo, en vez de dejarlo en manos de policías y magistrados, podríamos poner fin ala prostitución —bajó la voz ante la palabra fea— en seis meses. Mi idea es que hombres y mujeres han de unirse en estos asuntos. Deberíamos ir a Piccadilly y detener a una de estas pobres desgraciadas y decirle: «Ahora, mire, no soy mejor que usted, ni pretendo serlo, pero está haciendo algo que sabe que es abyecto, y no voy a permitir que haga cosas abyectas, porque somos iguales bajo la piel, y si usted hace algo abyecto, eso me concierne». Eso decía esta mañana el señor Bax, y es verdad, aunque ustedes, los listos—tú también eres lista, ¿no?—no lo crean.
El viaje de ida, capítulo 19
