—Eleanor —interrumpió Rose. Se mantenía con un porte que recordaba de un modo extraño al de su padre.
—Eleanor —repitió en voz baja, porque su hermana no atendía.
—¿Qué? —dijo Eleanor, mirándola.
—Quiero ir a Lamley’s —dijo Rose.
Era la viva imagen de su padre, allí de pie, con las manos a la espalda.
—Es tarde para Lamley’s —dijo Eleanor.
—No cierran hasta las siete —dijo Rose.
—Entonces pide a Martin que vaya contigo —dijo Eleanor.
La niña se encaminó lentamente hacia la puerta. Eleanor volvió a tomar sus libros de cuentas.
—Pero no vas a ir sola, Rose; no vas a ir sola —dijo, alzando la vista sobre ellos cuando Rose alcanzó la puerta. Asintiendo en silencio, Rose desapareció.
Los años, 1880
