El Rey y la Reina estaban en el Palacio. Y por todas partes, aunque era aún tan temprano, latía algo, un agitarse de ponis al galope, el golpeteo de bates de críquet; Lords, Ascot, Ranelagh y todo lo demás; envueltos en la suave brisa grisazulada de la mañana que, a medida que avanzara el día, los desharía y dejaría en sus praderas y pistas a los ponis saltarines, cuyas patas delanteras apenas tocaban el suelo y ya saltaban, a los jóvenes que giraban, y a las muchachas risueñas en sus muselinas transparentes que, aun ahora, tras bailar toda la noche, sacaban a correr a sus ridículos perrillos lanudos.
La señora Dalloway
