Y Lucy, entrando en el salón con la bandeja extendida, puso los candelabros gigantes sobre la repisa, el cofrecito de plata en el centro, giró el delfín de cristal hacia el reloj. Vendrían; se detendrían; hablarían con esos tonitos remilgados que ella sabía imitar, damas y caballeros. De todos, su ama era la más hermosa—señora de la plata, de la ropa blanca, de la loza—porque el sol, la plata, las puertas descolgadas, los hombres de Rumpelmayer le daban, mientras dejaba el abrecartas sobre la mesa taraceada, una sensación de algo logrado.
La señora Dalloway
