Se dirigían a Londres; debían tener preferencia sobre todo tráfico que no tuviera el mismo destino. Al pisar la plataforma de Liverpool Street se imponía de inmediato un porte distinto y una compostura que, sin dilación, convertían a cualquiera en uno de esos ciudadanos apresurados y ensimismados para cuyas necesidades aguardaban innumerables taxis, ómnibus y metros. Ella hizo cuanto pudo por mostrarse digna y también absorta, pero conforme el coche la llevaba con una decisión que le producía un leve recelo, se le iba olvidando su condición de ciudadana de Londres y volvía la cabeza de una ventanilla a otra, atrapando con avidez un edificio aquí o una escena callejera allá con que alimentar su intensa curiosidad. Y, sin embargo, mientras duró el trayecto nadie era real, nada era ordinario; las multitudes, los edificios del Government, la marea de hombres y mujeres batiendo la base de las grandes ventanas de cristal, todo estaba generalizado, y la afectaba como si lo viera en el escenario.
Noche y día, capítulo 26
