—Ah —dijo St. Margaret’s, como la anfitriona que entra en su salón en el preciso golpe de la hora y encuentra ya allí a sus invitados—. No llego tarde. No: son exactamente las once y media, dice. Y, sin embargo, aunque tiene toda la razón, su voz, por ser la voz de la anfitriona, se resiste a imponer su individualidad. Algún duelo por el pasado la retiene; alguna inquietud por el presente. Son las once y media, dice, y el sonido de St. Margaret’s se desliza a los repliegues del corazón y se entierra en anillos y más anillos de sonido, como algo vivo que quiere confiarse, diseminarse, estar, con un estremecimiento de dicha, en reposo —como la propia Clarissa, pensó Peter Walsh, bajando las escaleras en el golpe de la hora, vestida de blanco. Es Clarissa misma, pensó, con una emoción honda y un recuerdo extraordinariamente nítido, y a la vez desconcertante, de ella, como si esa campana hubiera entrado en la estancia años atrás, cuando se sentaban en un momento de gran intimidad, y hubiera ido de uno a otro y se hubiera ido, como abeja con miel, cargada con el momento. Pero ¿qué estancia? ¿Qué momento? ¿Y por qué había sido tan profundamente feliz él cuando el reloj daba la hora? Luego, al languidecer el sonido de St. Margaret’s, pensó: Ha estado enferma, y el sonido expresaba languidez y sufrimiento. Fue el corazón, recordó; y el repentino bramido del último golpe dobló a muerto por la muerte que sorprende en plena vida, Clarissa cayendo donde estaba, en su salón. ¡No! ¡No! —gritó—. ¡No está muerta! ¡Yo no soy viejo! —clamó, y marchó por Whitehall arriba, como si rodara hacia él, vigoroso e inagotable, su porvenir.
La señora Dalloway
