La Proporción, divina proporción, la diosa de sir William, la adquirió sir William pateando hospitales, pescando salmones, procreando un hijo en Harley Street con lady Bradshaw, que pescaba salmones ella misma y tomaba fotografías apenas distinguibles del trabajo de profesionales. Adorando la proporción, sir William no solo prosperó él, sino que hizo prosperar a Inglaterra, encerró a sus locos, prohibió los partos, penalizó la desesperación, imposibilitó a los ineptos propagar sus opiniones hasta que compartieran su sentido de la proporción —el suyo, si eran hombres; el de lady Bradshaw, si eran mujeres (ella bordaba, hacía punto, pasaba cuatro noches de cada siete en casa con su hijo)—, de modo que no solo sus colegas lo respetaban, sus subordinados le temían, sino que los amigos y parientes de sus pacientes sentían por él el más vivo agradecimiento por insistir en que esos Cristos y Cristas proféticos, que profetizaban el fin del mundo o la venida de Dios, bebieran leche en la cama, como ordenaba sir William; sir William con sus treinta años de experiencia en estos casos, y su instinto infalible: esto es locura, esto es cordura; en suma, su sentido de la proporción.
La señora Dalloway
