Todas las ventanas estaban abiertas. Sonaba música. Desde detrás de cortinas carmesí, semitransparentes y a veces ondeando por el aire, venía el sonido del vals eterno—Después del baile, después de la danza—como una serpiente que se tragara su propia cola, pues el círculo se cerraba de Hammersmith a Shoreditch. Una y otra vez lo repetían los trombones a la puerta de las tabernas; los recaderos lo silbaban; las orquestas lo tocaban en salones privados, donde se bailaba. Allí se sentaban, en mesitas, en Wapping, en la romántica posada suspendida sobre el río, entre almacenes de madera donde amarraban las gabarras; y aquí de nuevo en Mayfair. Cada mesa tenía su lámpara; su dosel de seda roja, y las flores, que habían sorbido humedad de la tierra al mediodía, relajaban y abrían sus pétalos en los jarrones. Cada mesa tenía su pirámide de fresas, su codorniz pálida y rolliza; y Martin, después de la India, después de África, encontraba excitante hablar con una muchacha de hombros desnudos, con una mujer irisada con alas de escarabajo verde en el pelo, de un modo que el vals toleraba y en parte ocultaba bajo sus halagos amorosos. ¿Importaba lo que uno dijera? Porque ella miraba por encima del hombro, escuchando solo a medias, cuando un hombre entraba con condecoraciones y una dama, de negro y con diamantes, le hacía señas para que se acercara a un rincón aparte.
Los años, 1907
