Cabalgaba de noche en misión desesperada hacia una guarnición sitiada, se dijo. Llevaba un mensaje secreto —apretó el puño sobre el bolso— que debía entregar en persona al general. De ello dependían todas sus vidas. La bandera británica ondeaba todavía en la torre central —la tienda de Lamley’s era la torre central; el general estaba de pie en el tejado de Lamley’s con el catalejo en el ojo. De ella dependían todas sus vidas, de que cabalgara hasta ellos a través del país enemigo. Aquí iba al galope por el desierto. Empezó a trotar. Iba oscureciendo. Encendían las farolas. El farolero alzaba la vara y la metía por la trampilla; los árboles de los jardines delanteros tejían una red vacilante de sombra sobre la acera; la acera se extendía delante de ella ancha y oscura. Luego venía el cruce; y luego la tienda de Lamley’s, en la pequeña isla de comercios de enfrente. Solo tenía que cruzar el desierto, vadear el río, y estaría a salvo. Blandiendo el brazo que empuñaba la pistola, clavó espuelas a su caballo y galopó por Melrose Avenue. Al pasar corriendo junto al buzón, la figura de un hombre surgió de pronto bajo la lámpara de gas.
Los años, 1880
