Algo pasaba, lo sabía el señor Brewer; el señor Brewer, jefe administrativo en Sibleys and Arrowsmiths, subastadores, tasadores, agentes de fincas y heredades; algo pasaba, pensó, y, paternal con sus jóvenes y teniendo en muy alta estima las capacidades de Smith, y profetizando que en diez o quince años sucedería al sillón de cuero del cuarto interior bajo la claraboya con las cajas de escrituras a su alrededor, «si conserva la salud», dijo el señor Brewer, y ahí estaba el peligro—parecía débil—; le aconsejó fútbol, lo invitó a cenar y ya veía el modo de recomendarle un aumento de salario, cuando ocurrió algo que echó por tierra muchos de los cálculos del señor Brewer, le quitó a sus muchachos más capaces y, a la postre, tan metomentodo e insidiosos eran los dedos de la Guerra europea, hizo añicos un vaciado de yeso de Ceres, abrió un boquete en los parterres de geranios y arruinó por completo los nervios de la cocinera en la casa del señor Brewer en Muswell Hill.
La señora Dalloway
