Su atrevimiento más temerario lo tomó con su mente, que, por razones propias, deseaba que fuese exaltada e infalible, y de tal independencia que solo en el caso de Ralph Denham se desviaba de su alto y raudo vuelo; pero en lo tocante a él, aunque al principio exquisita, acabó por descender desde su eminencia para coronarle con su aprobación. Estos deliciosos pormenores, sin embargo, habrían de trabajarse con calma en todas sus ramificaciones; lo esencial era que Katharine Hilbery le valía; le valdría durante semanas, quizá meses. Al tomarla se había provisto de algo cuya ausencia le dejaba desde hacía tiempo un vacío en la mente. Lanzó un suspiro de satisfacción; recuperó la conciencia de su ubicación en algún lugar de los alrededores de Knightsbridge, volvió a él, y pronto se encontraba viajando a toda velocidad en el tren hacia Highgate.
Noche y día, capítulo 2
