Era libre de nuevo al precio de un don, quizá el mejor que podía ofrecer, pero ya no estaba, gracias al cielo, enamorada. La tentaba gastar la primera entrega de su libertad en alguna disipación; en el gallinero del Coliseum, por ejemplo, pues justo pasaban por la puerta. ¿Por qué no entrar y celebrar su independencia de la tiranía del amor? O quizá le sentaría mejor la imperial de un ómnibus rumbo a algún paraje remoto como Camberwell, o Sidcup, o el Welsh Harp. Reparó en esos nombres pintados en pequeños carteles por primera vez en semanas. ¿O debía volver a su cuarto y pasar la noche trabajando los detalles de un plan muy ilustrado e ingenioso? De todas las posibilidades, esa era la que la atraía más, y le trajo a la mente el fuego, la luz de la lámpara, el resplandor firme que parecía encenderse en el lugar donde antes ardiera una llama más apasionada.
Noche y día, capítulo 31
