Por el cementerio abandonado de la parroquia de St. Pancras, Fanny Elmer se deslizaba entre las lápidas blancas que se inclinan contra el muro, cruzaba el césped para leer un nombre, apresuraba el paso cuando se le acercaba el guarda, volvía a precipitarse a la calle, se detenía ahora ante un escaparate con porcelana azul, ahora recuperaba deprisa el tiempo perdido, entraba de golpe en una panadería, compraba panecillos, añadía pasteles, y reanudaba la marcha de modo que quien quisiera seguirla tendría que ir casi al trote. No iba, sin embargo, deslucidamente andrajosa. Llevaba medias de seda y zapatos con hebillas de plata; solo la pluma roja del sombrero caía mustia, y el broche del bolso era flojo, porque, al andar, se le cayó un programa de Madame Tussaud. Tenía tobillos de gamo. El rostro, oculto. Claro que, en este crepúsculo, los movimientos rápidos, las miradas fugaces y las esperanzas desbordantes se dan con toda naturalidad.
El cuarto de Jacob, capítulo 10
