Katharine, así, pertenecía a una profesión muy grande que aún no tiene título ni reconocimiento, si bien el trabajo de molino y fábrica no es quizá más severo y sus resultados de menor beneficio para el mundo. Vivía en casa. Y lo hacía muy bien, además. Cualquiera que entrara en la casa de Cheyne Walk sentía que estaba en un lugar ordenado, de forma definida, controlado—un lugar donde la vida había sido adiestrada para lucir lo mejor posible y, aunque compuesta de elementos distintos, hecha para parecer armónica y con carácter propio.
Noche y día, capítulo 3
