Hacía ya cerca de veinte años que la señora Paley no podía atarse los zapatos ni siquiera verlos; la desaparición de sus pies había coincidido, más o menos con exactitud, con la muerte de su marido, un hombre de negocios, tras lo cual la señora Paley empezó a engordar. Era una anciana egoísta e independiente, dueña de una renta considerable, que gastaba en el sostenimiento de una casa que requería siete criados y una fregatriz en Lancaster Gate, y otra con jardín y caballos de tiro en Surrey.
El viaje de ida, capítulo 14
