El pequeño señor Bowley, que tenía habitaciones en el Albany y estaba sellado con lacre sobre las fuentes más hondas de la vida pero podía desellarse de pronto, a destiempo, sentimentalmente, por cosas de esta clase —pobres mujeres esperando ver pasar a la Reina—, pobres mujeres, niños simpáticos, huérfanos, viudas, la Guerra— tsk-tsk—, tenía de hecho lágrimas en los ojos. Una brisa, cálida a más no poder, ondeando por The Mall entre árboles delgados, junto a los héroes de bronce, alzó alguna bandera que flameaba en el pecho británico del señor Bowley y él se quitó el sombrero cuando el coche dobló hacia The Mall y lo mantuvo en alto a medida que el coche se acercaba; dejó que las pobres madres de Pimlico se apretaran contra él y se quedó muy erguido. El coche se aproximó.
La señora Dalloway
