¡Tonterías, tonterías! se dijo empujando las puertas giratorias de Mulberry’s, la floristería.
Avanzó, esbelta, alta, muy erguida, para ser recibida al instante por la señorita Pym, de cara botonuda, cuyas manos estaban siempre muy rojas, como si las hubiese tenido en agua fría con las flores.
Había flores: delfinios, guisantes de olor, ramos de lila; y claveles, montones de claveles. Había rosas; había lirios. Ah, sí—y así respiró el olor dulce de jardín y de tierra mientras hablaba con la señorita Pym, a quien debía un favor y que la tenía por amable, porque amable había sido años atrás; muy amable, solo que ese año parecía mayor, volviendo la cabeza de un lado a otro entre lirios y rosas y penachos de lila con los ojos medio entornados, aspirando, tras el estrépito de la calle, el aroma delicioso, la exquisita frescura. Y luego, al abrir los ojos, ¡qué frescas parecían las rosas, como lino con volantes recién salido de la lavandería y dispuesto en cestos de mimbre!; y qué sombríos y formales los claveles rojos, con la cabeza erguida; y cómo se abrían en sus cuencos los guisantes de olor, teñidos de violeta, blancos como la nieve, pálidos—como si fuera el atardecer y muchachas con vestidos de muselina salieran a coger guisantes de olor y rosas tras un soberbio día de verano, con su cielo casi negro azulado, sus delfinios, sus claveles, sus arum; y fuera el momento entre las seis y las siete en que cada flor—rosas, claveles, lirios, lila—arde; blanca, violeta, roja, de un naranja profundo; cada flor parece arder por sí sola, suavemente, puramente, en los parterres brumosos; ¡y cuánto le gustaban las mariposas blanco-gris entretejiéndose, sobre la heliotropo, sobre las onagras del atardecer!
La señora Dalloway
