Le fascinaba Bond Street; Bond Street temprano por la mañana en temporada; sus banderas al viento; sus tiendas; nada de salpicaduras; nada de oropel; un único rollo de tweed en la tienda donde su padre había comprado sus trajes durante cincuenta años; unas pocas perlas; salmón sobre un bloque de hielo.
«Eso es todo», dijo, mirando la pescadería. «Eso es todo», repitió, deteniéndose un momento ante el escaparate de una guantería donde, antes de la guerra, se podían comprar guantes casi perfectos. Y su tío Guillermo solía decir que a una señora se la conoce por los zapatos y los guantes. Una mañana, en plena guerra, se volvió en la cama. Dijo: «Ya he tenido bastante». Guantes y zapatos; tenía pasión por los guantes; pero a su propia hija, a Elizabeth, no le importaban un comino.
La señora Dalloway
