Cayendo en picado, el aeroplano se elevó en línea recta, curvó en un lazo, corrió, cayó, subió, y fuese donde fuese, hiciese lo que hiciese, desplegaba tras de sí una gruesa franja rizada de humo blanco que se arremolinaba y guirnaldaba en el cielo formando letras. ¿Pero qué letras? ¿Una C quizá? ¿Luego una E, después una L? solo por un momento quedaban quietas; luego se movían y se derretían y se borraban allá arriba, y el aeroplano se lanzaba más lejos y de nuevo, en un espacio fresco del cielo, empezaba a escribir una K, una E, ¿quizá una Y?
—Glaxo —dijo la señora Coates con voz tirante, sobrecogida, mirando fijamente hacia arriba, y su bebé, rígido y blanco en los brazos, miraba también hacia arriba.
La señora Dalloway
