—Es la carne, es la carne —murmuró (pues tenía la costumbre de hablar en voz alta), tratando de someter aquel sentimiento turbulento y doloroso mientras bajaba por Victoria Street. Rezó a Dios. No podía evitar ser fea; no podía permitirse ropa bonita. Clarissa Dalloway se había reído—, pero ella concentraría la mente en otra cosa hasta llegar al buzón. A fin de cuentas, tenía a Elizabeth. Pero pensaría en otra cosa; pensaría en Rusia; hasta llegar al buzón.
—Qué agradable debe de ser —se dijo—, en el campo, luchando, como Mr. Whittaker le había dicho, contra aquel rencor violento hacia un mundo que la había desdeñado, se había burlado de ella, la había apartado, empezando por esta indignidad: la imposición de su cuerpo, poco amable, que la gente no podía soportar ver. Por mucho que se arreglara el pelo, la frente seguía como un huevo, calva, blanca. Nada le sentaba bien. Podía comprarse lo que fuera. Y para una mujer, claro está, eso significaba no encontrarse jamás con el sexo opuesto. Jamás sería la primera para nadie. A veces, últimamente, le había parecido que, salvo por Elizabeth, solo vivía para la comida; sus pequeñas comodidades; la cena, el té; la bolsa de agua caliente por la noche. Pero hay que luchar; vencer; tener fe en Dios. Mr. Whittaker había dicho que estaba aquí por un propósito. ¡Pero nadie conocía la agonía! Él decía, señalando el crucifijo, que Dios sí la conocía. Pero ¿por qué había de sufrir ella cuando otras mujeres, como Clarissa Dalloway, se libraban? El conocimiento llega por el sufrimiento, decía Mr. Whittaker.
Había pasado el buzón, y Elizabeth había torcido ya hacia la fresca sección castaña de tabacos de los Army and Navy Stores, mientras ella seguía murmurando para sus adentros lo que Mr. Whittaker había dicho sobre el conocimiento que llega por el sufrimiento y la carne. —La carne —murmuró.
La señora Dalloway
