Deslizándose por Piccadilly, el coche torció por St. James’s Street. Hombres altos, de complexión recia, bien vestidos, con sus levitas, sus pecheras blancas y el cabello peinado hacia atrás, que, por razones difíciles de discernir, estaban de pie en el mirador de Brooks’s con las manos a la espalda, mirando hacia fuera, percibieron instintivamente que la grandeza pasaba, y la pálida luz de la presencia inmortal cayó sobre ellos como había caído sobre Clarissa Dalloway. Al instante se irguieron aún más, retiraron las manos, y parecieron listos para acompañar a su Soberano, si fuera menester, hasta la boca de los cañones, como sus antepasados habían hecho antes. Los bustos blancos y las mesitas del fondo cubiertas con ejemplares del Tatler y sifones de soda parecían dar su aprobación; parecían indicar los trigales y las casas solariegas de Inglaterra; y devolver el frágil zumbido de las ruedas del motor como las paredes de una galería de los susurros devuelven una sola voz, expandida y hecha sonora por el poder de toda una catedral.
La señora Dalloway
