La oficina sufragista estaba en lo alto de una de las grandes casas de Russell Square, que antaño había sido habitada por un gran comerciante de la City y su familia, y ahora se alquilaba a varias sociedades que exhibían iniciales surtidas en puertas de cristal esmerilado y mantenían, cada una, una máquina de escribir que repiqueteaba atareada todo el día. La vieja casa, con su gran escalera de piedra, resonaba hueca con el sonido de las máquinas y de los recaderos de diez a seis. El ruido de distintas máquinas ya en marcha, difundiendo sus opiniones sobre la protección de razas nativas o el valor de los cereales como alimento, aceleraba el paso de Mary, y ella siempre corría el último tramo que llevaba a su rellano, fuera la hora que fuese, para que su máquina tomara su lugar en la competencia con las demás.
Noche y día, capítulo 6
